España se hace mayor

 

Los porcentajes hablan mucho pero a veces dicen poco. A veces uno obtiene más información de lo que observa a su alrededor que de un informe sesudo lleno de datos y gráficos. En el caso que nos ocupa cifras y percepciones hablan de una misma realidad.
Por un lado los números nos indican que por primera vez en la historia de la humanidad, en las próximas décadas habrá más personas mayores que jóvenes. Dentro de algo más de cuarenta años -según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)- España será el tercer país más viejo -dentro de dicha organización- sólo por detrás de Japón y Corea, según el informe "Panorama de Estadísticas 2007". La población envejece a gran velocidad y se calcula que para el año 2050 nuestro país tenga un 35% de población mayor de 65 años. De ello se deriva un importante desequilibrio, ya que según esa misma fuente, un 90,5% de población será inactiva -si a esos mayores sumamos los menores de quince años-. No hay que entender mucho de números para ver que a priori y si no se toman medidas, nos hallamos ante un gran problema. La tabla de salvación a corto plazo tiene un nombre: inmigrantes. Sin ellos, la situación sería ya en estos momentos insostenible. Aunque se trata sólo de un alivio, porque para que este sector de población llegase a suplir todo el déficit de mano de obra que parece ser necesario para este futuro inmediato, harían falta unos flujos de inmigración cada vez mayores que no serían nada fáciles de asimilar por nuestro actual sistema. De ahí que éste se haya convertido en un tema prioritario para las políticas de los países desarrollados de todo el mundo.

"En esta sociedad urbanita y desalmada se ha asumido que, al dejar de producir,
hay que aparcar a las personas mayores para que no molesten"  
(J.C. García Fajardo, Profesor Emérito)

Hasta aquí los datos. Pero, ¿cuál es la apreciación del ciudadano de a pie? Poco a poco nos hemos dado cuenta de cómo han influido los cambios sociales experimentados en las últimas décadas en la estructura familiar. Las condiciones laborales y económicas han contribuido a una reducción drástica del número de hijos. Y la incorporación de la mujer al mundo laboral ha originado la necesidad de un replanteamiento en la unidad familiar. Ya no existe un solo modelo de familia, y las situaciones en las que se encuentra cada cual son tan distintas que casi hay que echar mano de la imaginación para inventarse y dar cobijo a cada grupo familiar. En toda esta vorágine la función de los abuelos también ha cambiado. En la mayoría de los casos son los que han tenido que llenar el vacío de los padres que deben trabajar para pagar la hipoteca, llegar a fin de mes y además no quieren dejar desatendidos a sus hijos. Son los que dedican cuatro o cinco horas al día a los nietos y además se sienten satisfechos y queridos. Mientras una mayoría se identifica con esa situación, hay abuelos que aseguran haber llegado al límite de su resistencia. Dicen estar agotados frente a tanta responsabilidad. Las familias cada vez crecen más, el peso que soportan es cada vez mayor y encima ven cómo poco a poco han renunciado a las ilusiones que les quedaban. La situación que parecía temporal se ha convertido en un calvario que empiezan a acusar los abuelos.

 

Foto: Alf


Dentro de algo más de cuarenta años España será el tercer país más viejo, sólo por detrás de Japón y Corea (OCDE)

Mientras unos y otros, con sus altibajos, conviven con sus familias no hay que olvidar que una parte de mayores no tienen esa suerte. "En una sociedad en la que hay seiscientos millones de personas mayores de 65 años, con unas previsiones de llegar a dos mil millones antes de cincuenta años, es preciso reflexionar sobre su calidad de vida, porque una cosa es envejecer y otra crecer y madurar", señala el Profesor Emérito de la UCM José Carlos García Fajardo. Él nos recuerda que junto a esos abuelos que viven en sintonía con sus familias, hay un gran número que viven solos y no se sienten ni queridos ni necesarios. El pasado año murieron en Madrid setenta y siete ancianos en soledad. Trece de ellos en situación de aislamiento, según datos de la Comunidad. "Esa sensación de soledad impuesta y no asumida -continua Fajardo-, de constatar cada día una nueva avería, una dificultad, una pérdida de elasticidad o de autonomía va deteriorando su calidad de vida y convierten a quienes podrían ser fuente de experiencia y de sabiduría en seres que procuran pasar desapercibidos, hasta volverse casi invisibles. No quieren estorbar y se hacen a un lado. Todo esto sucede porque hemos permitido la implantación del torpe concepto de que sólo lo joven es hermoso y valioso, porque dicen que es productivo. Abdicando de un mundo de valores sin los cuales vivir carece de sentido, actúan como si todo estuviera presidido por el concepto de la productividad, de la rentabilidad, del beneficio. Hemos caído en la trampa de que vale más lo que más cuesta. Hemos asumido con la mayor naturalidad que nos eduquen para ser ‘personas de provecho’, ‘útiles’, ‘para conseguir un buen trabajo’, ‘para tener títulos’. ¡Hasta hemos permitido que nos consideren recursos humanos, buenos para ser explotados! En esta sociedad urbanita y desalmada, vivimos para tener, en lugar de vivir para ser nosotros mismos en compañía de los demás. Con toda naturalidad, se ha asumido que, al dejar de producir, hay que aparcar a las personas mayores, para que no molesten, para que dejen su puesto a los más jóvenes, para que se ocupen de sus dolencias y de sus goteras. Por eso proliferan lo que yo llamo ‘aparcamientos de los improductivos’, sin reparar en que las personas mayores, en todas las culturas que han contribuido al auténtico progreso de la humanidad, han sido respetadas y veneradas. Porque las personas mayores son el bien más preciado de una sociedad bien estructurada. La madurez es aceptar la responsabilidad de ser uno mismo. Arriesgarlo todo con tal de ser uno mismo". ¿Estamos preparados para asumir este reto? §